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Hitler se había ido tragando territorios y los estadistas ingleses y franceses corrían con sus paraguas a ofrecerle más ciudades, reinos y seres.
Un transeúnte le dijo, apiadado de su confusión, que debía dirigirse a mí, al poeta Pablo Neruda.Lo invité, porque hacía mucho frío, a la casa del cacique.Esta germinación pequeña y poderosa reviste laderas, rodea las rocas, se adelanta hacia el mar y surge en medio de nuestros caminos cotidianos, como si quisiera desafiarnos, probarnos su existencia.Esa propiedad, que formaba parte de los terrenos de "La Meca", pasó luego a su hijo menor Eduardo y se vendió posteriormente, habiendo sido demolida la casa para edificar una moderna escuela.A veces las pasiones negativas contra mí no obedecen simplemente a un enconado reflejo de la lucha de clases, sino a otras causas.Los pequeños rencores se exacerban en América Latina.Era un barrio obrero y de clase media pobretona.
Sentía sus manos sobre mi frente.
No dio demasiada importancia a los hechos.
El no poder estar junto a sus restos, el no poder acompañarlo en su último viaje, me hizo pensar en una ceremonia.
Sin embargo, no hay pocos zapatos en mi poesía.
La noche estaba recién lavada y las estrellas antárticas se desplegaban sobre mi cabeza.
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Nos mantuvo de carreras toda la mañana.


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